martes, 7 de febrero de 2017

Día de Reyes -Relato

Día de Reyes. Es el primero que paso fuera de casa. De la casa de mi madre. Ya no vivo con ella. Desde hace unos meses. Ahora comparto piso con Angie. Amiga del instituto. Y de todo. Casi única amiga, en realidad. De las de verdad. Es raro. Este día de Reyes. Sin mi madre. Sin mis hermanos. Sin globos. Sin chocolatinas. Sin madrugones. Nos levantábamos muy temprano. Mis hermanos y yo. Y entrábamos en el salón. Y allí estaban los globos. Y las chocolatinas. Y los regalos. Y los abríamos todos. Gritando. De emoción. Y temblando. De frío. Y de emoción. Otra vez. Y entonces mi madre se despertaba. Y siempre nos decía que cada año era más temprano. Lo de levantarse el día de Reyes. Y al año siguiente volvía a decirlo. Aunque fuera la misma hora. Y entonces le enseñábamos nuestros regalos. Mi hermano. Mi hermana. Y yo. Los tres a la vez. Y luego mi madre abría los suyos. Que ella misma había comprado y envuelto. Aunque no lo sabíamos. Cuando éramos pequeños. Mis hermanos y yo. Y cuando mi padre no estaba. Y después nos hicimos mayores. Y los comprábamos nosotros. Los regalos para mi madre. Cuando ya teníamos paga semanal. Y fue cuando supe que mi madre se compraba sus propios regalos. Cuando éramos pequeños.

Hoy también hay regalos. Aunque no esté mi madre. Ni mis hermanos. Está Angie. Y ha dejado un par de paquetes en el salón. Llevan un letrero con mi nombre. Acordamos que no habría regalos. Yo también tengo para ella. A pesar de que acordamos que no habría regalos.  Angie aún no se ha levantado. La espero. Para abrir juntas los regalos. Como hacía de pequeña. Y hasta el año pasado. Con mis hermanos. Angie no tiene hermanos. Y a sus padres no les gusta mucho el día de Reyes. Eso dice Angie. Y nunca le regalaban lo que pedía. Solo cosas que no le gustaban. Al principio me sonó raro. Todo eso de que no les gustase el día de Reyes. A los padres de Angie. Yo creía que el día de Reyes le gustaba a todo el mundo. Cuando éramos pequeños. Cuando Angie era pequeña. Y entonces Angie me contó lo de los regalos absurdos. En casa de sus padres. Una caja de bolígrafos. Un jersey ortera. Espuma para cabello rizado. Eso fue a los dieciséis, me dijo Angie. Para su cabello rizado, claro. Después de conocerlos supe que era verdad. Lo de los padres de Angie. Y todo eso de los regalos estúpidos que le hacían. Debí suponer que Angie querría su día de Reyes. Ahora, conmigo. No tendría que haberle dicho lo de no comprar regalos. Pero lo hice. Por todo esto del consumismo exacerbado. Y el derroche absurdo. Y por el ecologismo. Y por el poder de las multinacionales. Y por no querer beneficiar a los que están destruyendo el mundo. Y por mi activismo. Cada vez más acentuado. Pero he visto sus paquetes para mí. Y me he acordado de sus días de Reyes. Y de que nunca los ha tenido en verdad. Y he colocado mis regalos para ella en el sofá. Junto a los míos. Y les he puesto una pegatina con su nombre. 

Uno de ellos es un libro. Luces de bohemia. Ya lo tiene. Y lo ha leído muchas veces. Interpretado también. Sobre todo a Madame Collet. Le gusta poner acento francés. Y exagerarlo mucho. Le encanta Valle-Inclán. Desde siempre. Desde que nos conocimos. Y ya quería ser actriz. Y me hacía ensayar con ella. Aún lo hace a veces. Lo de interpretar conmigo. Cuando tiene que preparar alguna obra. O alguna escena. Y está en casa. Conmigo. Y me trae los papeles para que los lea. Y los interprete. A mí siempre se me ha dado mal. Me da vergüenza. Aunque sea en casa. Con Angie. Y aunque no haya vergüenza se me da mal igual. A Angie no. Es muy buena. Desde siempre. En lo de actuar. He visto a otros hacerlo. De su grupo de teatro. Y a los de su Escuela. La de Arte dramático. Está en tercero. Yo también. El tercer curso. Filosofía. Y sus compañeros no lo hacen tan bien como ella. A ella siempre se le ve natural. En cualquier papel. Aunque si lo hiciera mal tampoco se lo diría. Lo del teatro. Eso no. Otras cosas sí. Cocina fatal. Y dibuja peor aún. Y para ser actriz cuenta unos chistes horribles. Poca gracia. Es extraño. Porque normalmente es graciosa. Las cosas que dice. Y las cosas que cuenta. Pero con los chistes no. Los que son de verdad. Y no anécdotas personales. Y situaciones divertidas. O no. Pero que hacen gracia cuando Angie las cuenta. Salvo cuando son chistes. Y todo eso se lo digo. Lo de la comida horrible que cocina. Casi nunca cocina. Y lo de los dibujos de niño de párvulo. Y lo de su poca gracia en los chistes. Pero lo del teatro no. No se lo diría aunque fuese cierto. Por suerte no lo es. Es buena de verdad. El teatro es lo más importante para ella. La cocina, los dibujos y los chistes, no. Por eso da igual. El teatro no. Y por eso lo hace tan bien.

El libro es una edición antigua. El de Luces de bohemia. La primera reimpresión después de la primera edición del veinticuatro. Esta es de 1961. A Angie le gustan los libros antiguos. De esos de hojas amarillentas. Y resecas. Y acartonadas. A mí también. Aunque para estudiar prefiero la última edición. La más nueva. Para poder subrayar bien. Y hacer anotaciones en los márgenes. Todos mis libros están así. Y con los muy viejos es más complicado. Parece que se van a destruir con cada línea subrayada. Tengo algunos de esos. Los que eran de mi padre. Y ahora los tengo yo. Poesía sobre todo. Le gustaba Miguel Hernández. A mi padre. Puede que aún le guste.

Lo he encontrado en una librería de segunda mano. El libro de Luces de bohemia. La descubrí el otro día. La librería. En una calle por la que no había pasado nunca. En el centro. Cerca de casa. De mi nueva casa. Y entré en la librería. Y tenían muchas cosas interesantes. Ediciones muy antiguas. Me compré el Astronomia Nova de Kepler. Ya lo tenía en casa. Pero esta es una edición alemana de 1938. En alemán, claro. Mis conocimientos de alemán son limitados. Pero no me importa no leerlo nunca en alemán. O puede que sí lo lea. Con mucho trabajo. Edición de 1938. Justo antes de la Guerra. La Segunda. Y es Kepler. En su lengua materna. Aunque lo escribiera en latín. Me gusta Kepler. Neoplatonismo mágico, casi. El culto al sol. Lo que hay de espiritualidad en medio de lo científico. Como casi todo en esa época. Y puede que ahora también. Mezcla de filosofía, ciencia, religión, alquimia, hermetismo, ocultismo. Y de nuevo, profunda espiritualidad. La armonía del universo. Tanto arriba como abajo. En una simbiosis perfecta. La Revolución Científica no podría haber sido sin él. Y otras cosas que no son solo científicas. Me lo compré. El Astronomia Nova. Y el de Angie también. Luces de bohemia. No le he dicho nada del libro de Kepler. Ni de la librería. Para que no vaya antes del día de Reyes. A esa librería.

El otro regalo para Angie es una foto. Era lo único que tenía para ella. Pero luego encontré esa librería. La de segunda mano. Y la de las ediciones antiguas. Amplié la foto. En blanco y negro. Y compré un marco. Y lo he pintado yo misma. A Angie le gusta eso. Lo de hacer las cosas uno mismo. Para los regalos. Porque es más íntimo. Y personal. Y demuestra auténtico cariño. Angie siempre dice eso. Y es verdad. Solo que a mí se me da mal. Lo de las manualidades. Con este me he esmerado especialmente. Con el marco. Capa protectora para la madera. Pintura. Barniz. He dibujado unos círculos de colores en los bordes del marco. Emulando a Kandinski y sus Cuadrados con círculos concéntricos. A Angie le encanta ese cuadro. Le encanta Kandinski. Todo él. El abstracto. Y el que lo es menos.

La foto tiene varios años. La del regalo. Estamos las dos juntas. Muy sonrientes. Fue después de la primera actuación de Angie con el grupo de teatro del instituto. Era una obra clásica. No recuerdo cuál. Ni al autor. Del Siglo de Oro, eso sí. Tal vez fuera Lope. O Tirso. O Calderón. El teatro nunca me ha gustado especialmente. Ese día sí, porque estaba Angie. Con un vestido largo. Y pomposo. Y un peinado bonito. Y después me acostumbré a ir al teatro con ella. Desde que empezó la carrera va todas las semanas. La acompaño siempre que puedo. Y ahora ya sí me gusta. El teatro. Angie me ha enseñado cosas muy diferentes a las representaciones que hacía al principio. Maneras de hacer teatro distintas a las que aprendimos en el instituto. Y me habla de muchos autores que no conocía. O sí, pero de otra manera. Solo una parte. Solo lo que nos habían contado. Pero había mucho más. El carácter subversivo del teatro. Su capacidad para remover conciencias. Su espontaneidad. Su inmediatez. La controversia. La censura a la que a veces lo someten por el peligro que supone. Para los que mandan. Y dominan. Y subyugan. Y entonces cada vez me fue gustando más el teatro. Porque es como la filosofía. La buena filosofía. O la buena literatura. La que no deja indiferente. Como ese tipo de teatro del que me hablaba Angie.

En la foto tenemos quince años. En la del regalo. La del teatro clásico del instituto. Nos la hizo alguien de nuestra clase que vino a la función. Javi Soto. También le gustaba el teatro. Por eso era raro. Como Angie. Como yo. Eso decían los demás. La tenía guardada en una carpeta de apuntes. La foto. Y la encontré hace poco. Y me acordé de ese día. Del primer papel de Angie. Y de los aplausos. Y de su vestido pomposo. Y de su peinado bonito. Y de lo contenta que estaba. Y de que entonces ya sabía que quería hacer esto. Teatro. Sus padres le dijeron que eso no era una carrera de verdad. Y que ya se le pasaría. Y se fijaría en otra cosa. No se le pasó. De otro modo, nunca la habría visto interpretar a la Ofelia de Müller. Ni yo habría llorado. Ni sentido. Viéndola interpretar a la Ofelia de Müller. No fue una moda. Lo del teatro. O tal vez sí. Pero aún no se le ha pasado.

Ayer dejé de matarme (…) Destruyo el campo de batalla que era mi hogar. Arranco las puertas de cuajo para que entre el viento y el grito del mundo (…) Salgo a la calle vestida con mi sangre”.


Patricia Terino


martes, 31 de enero de 2017

Apuntes sobre "Días de bruma"

Una manera de resumir en pocas líneas el contenido fundamental de Días de bruma es señalando que desde una óptica existencialista, llena de referencias filosóficas y literarias y con una acentuada crítica social, Lía Ayuso, la protagonista de la novela, relata en primera persona los acontecimientos más relevantes acaecidos hasta el momento en su vida. Y ello, bajo un estilo literario muy determinado y característico, con el que me siento especialmente cómoda, donde los conceptos, las ideas y situaciones, expuestos de manera telegráfica en muchas ocasiones, encierran un sentido unitario, revestido de un tono poético que mezcla constantemente los recursos comunes a este género con lo que se conoce como realismo sucio,  propio de escritores como Bukowski, cuyo estilo y estructura narrativa muchos han visto ya reflejados en esta obra, con el honor que supone para mí dicha comparativa o acercamiento.

A lo largo de la novela he intentado plasmar el equilibrio entre las situaciones cotidianas, narradas con cierto deje amargo y vulgar en muchos casos, y la poética de la que creo que quedan imbuidos todos esos episodios contados desde una perspectiva intimista. Pienso que esta estructura concede a Días de bruma el lenguaje propio y singular que quería conseguir, además de dejar constancia de la herencia recibida y de la influencia constante de algunos de los pensadores y escritores, como Henry Miller, John Fante, Roberto Bolaño, Virginia Woolf o Juan Rulfo, entre otros, por los que  siento una profunda admiración.

La trama, entendida en su sentido más clásico, casi desaparece; se muestra de forma sutil, estando sin estar, pues el elemento que más me ha interesado destacar es el recorrido vital que lleva a cabo el personaje en la búsqueda de sí misma y el consecuente reencuentro y reconciliación con su mundo interior. Creo que es una exposición sencilla, a veces oscura y otras agresiva, de un universo interno complejo, que voy mostrando a lo largo de las pocas páginas que conforman esta novela corta pero intensa y repleta de sentimientos y emociones encontradas.

Una de las cuestiones sobre las que me han interpelado en varias ocasiones es la relación que existe entre el personaje de Lía Ayuso y yo misma, así como las coincidencias biográficas entre ambas. Se trata de una novela de ficción, aunque es cierto que la carga personal está muy acentuada en la protagonista. Sus inquietudes literarias, musicales, políticas y filosóficas son un reflejo de las mías en buena medida y muchas de mis propias experiencias me han servido para construir al personaje. Pero creo haberle dado una forma concreta y un carácter autónomo (a pesar de haber partido de una base personal y de paralelismos existenciales en muchas situaciones) permitiéndome así elaborar la ficción que narra la novela.

Mis propias inclinaciones filosóficas quedan volcadas en el personaje para construir, en última instancia, y bajo parámetros literarios, una crítica al artificio, al constructo, a los mecanismos de control y al orden hegemónico imperante, analizando, con las herramientas propias de este lenguaje literario, su impacto sobre nosotros.Y para ello, Lía se convierte en el hilo conductor de esta idea, a través de sus vivencias, sus emociones, su modo de interpretar el mundo y de enfrentarse a él. E incluso reconciliarse, a pesar de sus contradicciones internas.

Actualmente, escribo una segunda entrega de la historia de Lía Ayuso, centrada en este caso, en un momento concreto de su vida, permitiéndome así profundizar sobre muchos aspectos y situaciones que no se detallan en la primera novela y que ahora tengo la oportunidad de desvelar. Creo que es un personaje interesante del que aún quedan muchos aspectos por explorar y por eso me apetece continuar en esta línea y seguir aprendiendo de Lía y de todo lo que personal y emocionalmente me aporta.

Gracias a Ediciones Dyskolo y a la labor que llevan a cabo con este proyecto editorial, Días de bruma puede adquirirse inmediatamente a través de una descarga gratuita (licencia Creative Commons), en un intento por devolver al arte y a la propia creación inherente al mismo, el aura que le ha sido arrebatada, como diría Walter Benjamin.

Patricia Terino



http://www.dyskolo.cc/cat%C3%A1logo/lib022/

Fuente: https://humanocreativamentehumano.com/apuntes-sobre-dias-de-bruma/

sábado, 14 de enero de 2017

La mirada que nunca fue- Relato

Estoy en casa de mi abuela. No me gusta mi abuela. Esa abuela. Ni mi tía. Vive con ella. Hay algo en su mirada. En la de las dos. Algo siniestro. Y sucio. Y doloroso. Me asusta. Y su voz. La de mi abuela. Y la de mi tía. Grave. Y sin vida. La vida de verdad. La del entusiasmo. Y la pasión. Y la alegría. Y la felicidad. No hay felicidad en su voz. Nunca. Ni en su semblante. Con sus ojos abiertos. Muy abiertos. Pero vacíos. Sin vida, otra vez. Esa vida de las cosas buenas. De la gente buena. Están llenos de amargura. Y de odio. Esa es su fuerza. La que nunca se acaba. La que no se consume. La que no la consume. La que hace daño. La que la mantiene con vida. Con su vida sin vida.

Nunca la he visto conmoverse por nada. Ni por nadie. A mi abuela. Esa abuela. Llorar sí. Cuando mi tía murió. Y cuando la recuerda. De pena. Como todas las madres. Las que sobreviven a sus hijos. Pero nunca de alegría. O de tristeza. De la tristeza buena. Cuando es necesaria. Cuando nos descubre lo que somos. Y entonces nos conmueve. Ella no. Sus ojos no brillan con la puesta de sol. Ni con su canción favorita. No tiene canción favorita. Ni con un regalo inesperado. Ni con un dibujo de sus nietos. Nunca hubo dibujos de sus nietos. Nunca hicimos dibujos para ella. Ni mis hermanos ni yo. Ni al pedir perdón. Cuando es de verdad. Tampoco lo hizo nunca. Solo daño. A mí. A mi madre. A todos. Todo lo que le hicieron a ella. Gente que no conocí. Ni mi madre. Ni ninguno de nosotros. Pero nos lo hizo igual. Con sus ojos. Con su mirada. Con sus palabras. Con su rostro sin vida. O lleno de vida, tal vez. Pero de otra manera. La que no quiere nadie. La de la desconfianza. La del rencor. La de la maldad.

Estoy en su casa. La de mi abuela. Esa abuela. Sentada en una silla. No me deja levantarme. Ni jugar. Podría romper algo, dice. De la vitrina de cristal, tal vez. Llena de fotografías. Con sus marcos de fotografías. Hay muchos. No los he contado. Aún no sé contar. Y cuando supe contar tampoco los conté. Salía mucha gente. En las fotografías. Hay muchos que no conozco. A otros los conocí después. Familiares y amigos de familiares. Nunca los veo. Solo en esas fotografías. Yo estoy en muchas de ellas. No puedo reconocerme, aún. Demasiado pequeña. Mi abuela dice que soy yo. En algunas salgo con ella. Su cara me da miedo. También en las fotos.

Suena el timbre. Es mi madre. Llevo dos días sin verla. No recuerdo por qué. Solo la angustia de no verla. Corro para abrazarla. Trae a un bebé en brazos. Dice que es mi hermano. Recuerdo que quiero salir de allí. De esa casa oscura. Las persianas siempre están echadas. Y en silencio. Solo silencio. En mi casa no hay silencio. Mi madre siempre canta. Mientras juego. Mientras me da de comer. Mientras duermo. No me gusta el silencio. Ese silencio. El de la casa de mi abuela. Allí no escucho cantar a mi madre. Quiero volver a casa. Con mis juguetes. Con mi madre. Sin la mirada de mi abuela. De esa abuela. Y sin bebé.

Es lo primero que recuerdo. De todo. De siempre. Ese momento. Esa sensación. La silla. El silencio. Las fotos de la vitrina de cristal. Los ojos de mi abuela. De esa abuela. El miedo. La ausencia de mi madre. Y mi hermano recién nacido. Tenía dos años, cinco meses y catorce días. Y después hubo más recuerdos. Muchos buenos. Y bonitos. Y felices. Y muchos otros no. El primero de ellos marcó todo lo demás, supongo. Sin saberlo. Sin recordarlo. Solo estando ahí. Lo que hago. Lo que siento. Lo que soy. O tal vez no.

Invertir la mirada. De eso se trata. O construir otra diferente. La de mi abuela. La de mi madre. La de ese primer recuerdo. Para que sea distinto al final. Para que no condicione todo lo demás. Todos los demás recuerdos. Todas las demás miradas. Y entonces los ojos de mi abuela ya no dan miedo. Ahora son otros. Sin rencor. Sin maldad. Sin vacío. Porque su vida es distinta. Y la de mi padre. Y la de mi madre. Y la mía. Ya no tuvo que cuidar de sus hermanas cuando era una niña. Mi abuela. Porque su madre sigue viva. Y sigue cuidándola. A mi abuela. Y a sus hermanas. Y ya no trabaja en esa fábrica de aceitunas siendo una niña. Va al colegio. Y sabe leer. Y escribir. Y multiplicar. Y sigue estudiando. Y aprende mecanografía. Como todas las niñas que podían aprender mecanografía en aquel tiempo. Tan lejano ya. Y empieza a trabajar como ayudante de un abogado en la ciudad. Y se traslada a la ciudad. Y es feliz. A pesar de las penurias de aquel tiempo. Y se casa. O tal vez no. Pero tiene a sus hijos igual. A mi padre y a mi tía. Y sigue trabajando. Y estudiando. Y sonriendo. Y entonces mi padre no está solo. Tiene una madre feliz. Y un padre atento. Y cariñoso. Y conoce a mi madre. Y mi padre también es atento. Y cariñoso. Y responsable. Y feliz. Porque sus padres se lo enseñaron. Y mis padres me lo enseñaron a mí. Y mi madre tampoco está sola. En noches interminables. Esperando sin más. Sin sentido. Sin esperanza. Sin amor. Mi padre está con ella. Y  ella con él. Y los dos conmigo. Sin llantos. Sin insultos. Sin ausencias prolongadas. Sin pesar. Solo mi madre. Y mi padre. Y yo.

Y entonces estoy en casa de mi abuela. Me gusta mi abuela. Ya no trabaja como secretaria. Ahora está en casa. Conmigo. Jugando. Y después me lee un cuento. Y me canta canciones. Y me aprendo las canciones que ella canta. Y me lleva al parque. Y me sube a los columpios. Y me sonríe. Y me gustan sus ojos. Y su mirada. Y volvemos a su casa. Y me baña. Y me canta otra vez. Y me da la comida. Me gusta la comida de mi abuela. Y duerme conmigo. Y no tengo miedo.

Suena el tiembre. Es mi madre. Lleva en brazos a un bebé. Es mi hermano. Tengo ganas de verlo. De conocerlo. Mi madre se agacha. Me lo enseña. Me deja que le dé un beso. Le cuento a mi madre todo lo que he hecho con mi abuela. Han pasado dos días. Mi madre me abraza. Y me coge en brazos. Y nos volvemos a casa. Mi madre. Mi padre. Mi hermano. Y yo con ellos. Le canto a mi hermano las canciones de mi abuela. Y las de mi madre. Mi padres se ríen. Recuerdo esa sonrisa. Y ese día. Y esa mirada que nunca fue. Solo la invierto. Para que no duela tanto. No es real. O tal vez sí. Pero de otra manera. Por lo que sabemos. Y lo que aprendemos. Y lo que hacemos. Y por la mirada. La que es de verdad. Y la que queremos. Y la que imaginamos. La que no ocurrió. Y sin embargo, también es verdad. Porque la creamos nosotros. Porque es parte de nosotros. Porque es mía. Y de mi madre. Y de mi padre. Lo que ellos querían. Lo que quería yo. Lo que quiso mi abuela. Esa abuela.




Patricia Terino

viernes, 23 de diciembre de 2016

Salamanca -relato


Universidad de Salamanca. He llegado hace un par de horas. Tengo una ponencia en un congreso de Filosofía. El primero al que asisto en esta facultad. Y en esta ciudad. Filosofía ayer y hoy. Creo que así se llama. No me importa demasiado. El título. Al final siempre hablo de lo mismo. Con lo que me siento cómoda. Lo que me gusta. Lo que he estudiado desde que empecé la carrera. Y cuando la terminé también. Hubo otras cuestiones. Después de la carrera. Filosofía de la Ciencia. Metafísica. Epistemología. Fenomenología. Pero siempre terminaba en la filosofía de la sospecha. Marx. Nietzsche. Freud. No importan los títulos. Ni las corrientes. Ni las disciplinas, supongo. Demasiadas etiquetas. Y todo es lo mismo. O forma parte de lo mismo. Todo está en todo, decía Anaxágoras. Y ahora sí me lo creo. Hace ya tiempo que lo creo. Cuando era mi tercer año en Filosofía y empecé a colaborar en el Departamento de Estética. No me interesaba especialmente la Estética. O la Filosofía del arte, como me gusta más llamarla. Para evitar incómodos equívocos con el término. No son exactamente lo mismo. La Estética filosófica y la Filosofía del arte. Hay distinciones. Y matices. Pero los sacrifico en favor de la belleza del concepto de Filosofía del arte. Y su sonido en castellano. Filosofía del arte. Y en alemán. Philosophie der Kunst. Y en francés. Philosophie de l'art. Pero eso lo aprendí después. Cuando empecé a estudiar Filosofía del arte. Y empecé a llamarla Filosofía del arte. Al principio no me interesaba. Cuando entré en el departamento. Escogí ese departamento porque me lo recomendó un profesor. Mi profesor de filosofía en el instituto. Ahora estaba también en la facultad. Y unos años después solo estaba ya en la facultad. En el departamento de Estética. Y me dijo que solicitara el puesto de alumna interna allí. Le dije que no me gustaba la Estética. Que prefería la Filosofía Crítica. Y la Antropología. Y la Teoría del Conocimiento. Y la Filosofía Política. Y me dijo que eso no importaba. La rama. La disciplina filosófica. Da igual. Todo es Filosofía. Y todo está en todo. Anaxágoras otra vez. También me dijo que me centrara solo en una disciplina. Y que ella me conduciría a todas las demás. Me pareció absurdo. Todas eran muy diferentes. O eso creía. Aunque todas formasen parte de la Filosofía. Con mayúsculas. Pero le hice caso. Y entré en el Departamento de Estética. Porque él estaba allí. Y a su jefe de Departamento le gustaban los alumnos aplicados. Y entregados a la investigación. Y facilitaba las publicaciones de los trabajos. Y tenía buenos contactos. Y yo quería quedarme en la facultad. Y hacer todas esas cosas. Investigación. Y escribir. Y publicar. Y tener buenos contactos. Entonces empecé a leer sobre Filosofía del arte. Y a estudiarla. Y a sus autores. Y a sus corrientes. Y acabé en la filosofía de la sospecha igual. Y en los que la continuaron. Y en Adorno y su concepto de arte como conmoción. Y en Benjamin. Y en El arte en la era de la reproductibilidad técnica. Y en el surrealismo de Breton. Y en su arte del compromiso. Y en Lo espiritual en el arte. Kandisnsky. Y en el arte de lo poético como casa del Ser. Heidegger. El segundo. Y en la mística del arte. Wittgenstein. También el segundo. Y en las viejas (y actuales) tesis marxistas sobre el arte como superestructura.

Entro en el Paraninfo. El congreso va a empezar. Saludo a algunos colegas. He coincidido con ellos en otras ocasiones.  A veces cuando aún era alumna.Y venía a estos congresos cuando me invitaba el Departamento. Así conocí a Celia Amorós. Y a Elvira Burgos. Y a Elena Nájera. En un congreso sobre Antropología de género. Y el feminismo también me llevó a la filosofía de la sospecha. Y al cuestionamiento del mundo que hemos construido. Y a Emma Golman y al feminismo anarquista. Y a Silvia Federici y a sus análisis sobre patriarcado y capitalismo. Y a Vandana Shiva y a su ecofeminismo. Y entonces comprendí que mi profesor de Filosofía del instituto tenía razón. Y que todas las disciplinas conducían a la propia Filosofía. O que desde una sola disciplina se podía abarcar también a todas las demás. O puede que se tratase de esa vieja sentencia que aprendí en Filosofía de la Ciencia. Toda observación-investigación está cargada de teoría-ideología. Y que tanto ha importunado al pensamiento inductivo. Y a Husserl. Y a toda la fenomenología. Y a su epogé. La ideología. Lo que somos. Lo que siempre nos acompaña. Lo que cuesta tanto eliminar. Para llegar a las cosas mismas. Y al final siempre nos conduce al mismo lugar.

Soy la segunda ponente. La primera es una profesora de la Complutense. No la conozco. Es joven. Como yo. A mí sí me conocen. Sobre todo después del segundo libro. Un semestre con Noam Chomsky. Y después de lo de Chomsky. Fue en cuarto de carrera. Me concedieron una beca para el MIT. La mitad de ese curso lo pasé en Massachusetts. Con Chomsky. Y con la Filosofía del Lenguaje. Y después con la política. Y el activismo. Y el anarquismo. Y las publicaciones internacionales. Leí a Chomsky por primera vez a los diecinueve. El miedo a la democracia. Y después vinieron todos los demás. Y los de Filosofía del Lenguaje. Y los de su gramática transformacional. Y sus teorías innatistas. Y sus enfrentamientos con Skinner. Y con el conductismo en general. 

Para eso era la beca. No me interesaba especialmente la Filosofía del Lenguaje. Entonces. Ahora sí. Solo quería conocer a Chomsky. Y asistir a sus seminarios. Y escucharle hablar de terrorismo de Estado. Y de los crímenes de Occidente en América Latina. Y en África. Y en Asia. Pero eso solo fue en privado. Me concedió varias entrevistas. Le dije que cuando acabara mi trabajo en el MIT escribiría un libro sobre él. Sobre el tiempo que le conocí personalmente. Sobre lo mucho que había aprendido. Sobre lo mucho que le admiraba. Y eso hice. Fue mi segundo libro. Casi un diario. Una alumna privilegiada de cuarto curso de Filosofía contaba su experiencia junto al lingüista-filósofo-intelectual-activista-profesor Chomsky. Tuvo más éxito que el primero. Mucho más. Ocho ediciones. Traducido a quince idiomas. Mucha pasta. Aunque no lo escribí por eso. Ni por la fama. Pero ahora todos me conocen. Todos los de Filosofía. Y los intelectuales. Los de izquierda. Y los otros también. Antes del libro no. Solo era una doctora más en Filosofía. Más joven de lo habitual. Pero nada más. En mi primer congreso como ponente no me conocía nadie. Acababan de aprobar mi tesis. Había publicado mi primer libro. Pero tampoco lo conocían. Sobre la Escuela de Frankfurt y más filosofía de la sospecha. Lo que había estado preparando para la tesis. Ese primer congreso era sobre Filosofía Analítica. Mi ponencia iba sobre los juegos del lenguaje. El segundo Wittgenstein que tanto había estudiado unos años atrás con Chomsky en sus seminarios. Una de las profesoras ponentes habla conmigo y con otros colegas. De lógica de predicados. Y de su estructura compleja. Y de lo diferente que es de la lógica proposicional que se enseña  comúnmente en los institutos de secundaria. Y entonces empezó a regodearse de su formación en la Universidad de Salamanca. Y a hablar de su prestigio en la enseñanza de la Filosofía. Y de la lógica. Y de su tradición. Y de su trayectoria histórica como institución. Y empezó a caerme mal. Por su arrogancia. Y por su despotismo burgués. Y por su condescendencia con los demás. Como si no pudiéramos seguir sus argumentos. Porque no estamos licenciados en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Y entonces se dirige a mí. Y me pregunta dónde he estudiado. Y cuál es mi formación en Filosofía Analítica y del Lenguaje. En un intento por ridiculizar mi respuesta, supongo. Sabe que no he estudiado en Salamanca. Y entonces le digo que he aprendido del mejor. Y que he sido alumna de Chomsky. Y que justamente en pocos días se publica mi libro sobre mi estancia en el MIT. Y entonces la cara de la doctora en Filosofía por la Universidad de Salamanca es como una recompensa por todos los insultos de la infancia. Y por las burlas en el colegio. Y por las risas de mis compañeros. Y  por los complejos en el instituto. Y por las veces que me dijeron que la Filosofía no sirve para nada. Ni da dinero. Y es como si me hubiese curado de todo eso de repente. Como si ahora ya pudiera creerme que estoy doctorada en Filosofía con veintisiete años. Y que he escrito dos libros. Y que he publicado multitud de trabajos y artículos en revistas de prestigio. Y que tengo once matrículas de honor en mi expediente académico. Y que doy clases en la Universidad. Aunque  no sea la de Salamanca.

Empiezo mi ponencia. En la Universidad de Salamanca. No está la profesora de la otra vez. La de mi primera ponencia. Han pasado varios años. Y más libros publicados. Y más artículos. Y colaboraciones. Y entrevistas. Y la plaza como profesora titular en la Universidad. Hablo de la Escuela de Frankfurt. De Marcuse, sobre todo. De la Filosofía Crítica en general. De su importancia en nuestro mundo actual. Del segundo Heidegger. Del estructuralismo. Del postestructuralismo. De todos los que cuestionan la imposición occidental. Mi tema. El de siempre. El que quise abordar en la tesis doctoral. Mi profesor de Filosofía del instituto me dijo que concretara más. Que las claves que yo proponía para entender la deshumanización a la que  nos enfrentamos se remontaba muy atrás. Al Renacimiento, le expliqué. Con la nueva concepción del dominio del hombre sobre la naturaleza. Y a partir de ahí no hubo marcha atrás. Experimentación. Revolución Científica. Progreso. Ilustración. Positivismo. Tecnología. Capitalismo. Poder. Sin más. Demasiado, me dijo mi profesor. Y que nunca me aprobarían una tesis así. Demasiados nombres. Y demasiados acontecimientos. Y demasiados períodos históricos. Y filosóficos. Demasiado. Me dijo que me centrara en algo concreto. En un pensador. En una corriente. Y que lo otro podría escribirlo en artículos. Lo del Renacimiento.Y en libros. Y en trabajos. Pero  no para la tesis. Eso hice. Marcuse y la Filosofía Crítica. Y lo demás lo escribí en otros sitios. Lo del Renacimiento y su trascendental cambio de paradigma. Y que es ahí donde se gesta nuestro mundo actual. Nuestra desconexión con lo que somos. Nuestra visión de la realidad. Donde la razón se vuelve instrumental.Y no después de la Ilustración. Como dice la Escuela de Frankfurt. Muchos dicen que el Renacimiento está demasiado atrás. También lo dijeron de Chomsky. Cuando afirmó que la Guerra Fría no empieza en el cuarenta y cinco. Fue en 1917. Con la Revolución bolchevique. También dijeron que era demasiado atrás. Pero no lo es. Siempre se puede ir más atrás.

Termina la ponencia. Me hacen preguntas. Sobre la Filosofía. Sobre su labor. Sobre cómo puede cambiar el mundo. No puede, les digo. No sola, al menos. Pero sí ayuda. Y por eso es importante. Y porque es inherente a nosotros. No la académica. No la que se enseña. Y la que aprendemos. Eso viene después. Es la otra. La que nos pertenece. La que nos hace cuestionarnos el mundo. La que nos permite asombrarnos, todavía. Y maravillarnos. La que nos deja conocernos. La de las infinitas preguntas. Y las muy pocas respuestas. La de la toma de consciencia. La de la concepción del mundo. Una entre muchas. Esa es la que importa. La que sí podría cambiar el mundo.

También me preguntan por Chomsky. Siempre lo hacen desde el libro. A algunos académicos parece molestarles. Lo de mi fama por Chomsky. No les entusiasman sus teorías sobre el lenguaje. Ni la controversia que crea por su defensa del innatismo. Pero saben que es importante. De los más importantes. O el más importante de los intelectuales del momento. No soportan que alguien tan joven haya trabajado estrechamente con él. Y que sigamos en contacto. Y colaborando en algunos trabajos. Porque en toda su larga carrera no han conseguido nada igual. Y algunos cuestionan mi trabajo. Aunque sea brillante. Es brillante. Pero lo juzgan igual. Y querrían ser como yo. Aunque no les guste Chomsky.

El congreso ha terminado. La próxima semana vuelvo a viajar. Presento mi último libro. Pensamiento y lenguaje. Los títulos nunca se me han dado bien. La edición en inglés lo ha cambiado, creo. Es algo así como The limits of philosophy and its languages. Para concretar más. O dar más pistas. Es un compendio de mis últimos trabajos con Chomsky. El prólogo es suyo. El poder del lenguaje y su modo de condicionar el pensamiento. De eso va el libro. Y la investigación que hay detrás. Y las teorías expuestas. Se presenta primero en mi facultad. Después Madrid. Y Barcelona. Y Oviedo. Y Valencia. Y Bilbao. Ahora vuelvo al hotel. Aún sigo abrumada. Por lo de hoy. Por lo de los próximos días. Por el éxito internacional de mi trabajo. Por el reconocimiento de Chomsky. Me tumbo en la cama. Y pienso. En todo. Y recuerdo. También todo. Cuando era pequeña. Cuando mi padre desaparecía. Alcohol. Y otras drogas. A veces no le veía en varias semanas. Y recuerdo cuando mi madre me ponía pañales con seis años. Todavía. Y luego yo me los quitaba en medio de la noche. Porque creía que me podían ver. Todos los que no sabían que me meaba en la cama. Y habría más risas. Y más burlas. Y mi hermano. Y su silencio. No empezó a hablar hasta los cuatro años. Y mi hermana. Cuando nació. Y ya no dolía tanto que mi padre no estuviera. Porque estaba ella. Y la cuidaba. Y dormía con ella. Y salvó muchas cosas de mi infancia. Y mis otros hermanos. Y sus peleas constantes. Y mis ganas de salir de allí. Y la facultad. Y el primer curso. Y mi padre. Que ya estaba en casa. Y el segundo curso. Y el tercero. Y mi madre llorando cuando me concedieron la beca para el MIT. Y me dijo que hiciera todo lo que ella no había podido. Lo que no le habían permitido. Y eso hice. Y el día de la tesis. Y  mi madre llorando. Otra vez. Y el primer libro. Mi padre lo llevó al trabajo. Para enseñarlo. Y mis amigos del barrio. Y del instituto. Que siguen siendo los únicos amigos. Los de verdad. Y los novios que tuve. Y los que no tuve. Siempre había otra mejor que yo. Y ahora ya no importa. Ya no duele. Y los hijos que quería tener. Y lo que quería enseñarles. Y transmitirles. Pero aún no. Y las heridas. Las que se curaron. Y las que todavía no sanan. Pero ya no duelen tanto. Y esta habitación. En Salamanca. Después de otra ponencia. Y yo misma. Tumbada en la cama. Leyendo a Dylan Thomas. Y ya no duelen las burlas. Las de la infancia. Y las que vinieron después. Ni los complejos. Ya no hay. Ni las miradas. La del otro. La que hace daño. Pero ya no. Poesía. Solo eso. Palabras adecuadas. Para cada momento. Para mí. Para ahora.


Y ya la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno solo
Con el hombre al viento y la luna del Oeste;
Cuando los huesos estén mondos y los huesos mondos desaparezcan
Tendrán estrellas al alcance de pies y manos;
Aunque se vuelvan locos, estarán cuerdos,
Aunque se hundan en el mar, surgirán de nuevo,
Aunque los amantes se pierdan, el amor, no;
Y ya la muerte no tendrá dominio”…


Patricia Terino

lunes, 12 de diciembre de 2016

El legado de Marcuse

Herbert Marcuse (1898-1979), uno de los miembros más beligerantes de la primera generación de la Escuela de Frankfurt (1), es uno de los referentes más significativos de la filosofía crítica y del uso que se ha hecho de ella en forma de consciencia social, política y humana, en todos sus ámbitos.

En 1978, poco antes de su muerte, Marcuse concede una entrevista al profesor Bryan Magee, donde aborda las grandes cuestiones por las que ha transitado su pensamiento desde sus inicios en el pensamiento crítico. Y en ella analiza, quizás de un modo más claro que a través de su obra escrita, las claves del funcionamiento actual del sistema, los peligros inherentes (y en la actualidad explícitos) al modelo capitalista, así como la deuda del propio Marcuse para con Marx sobre el estudio tan profundo que este llevó a cabo de la historia y de la sociedad en la que se inserta su pensamiento, a pesar de salvar ciertas distancias, matizar algunas de las propuestas marxistas e incluso rechazar otras por su inviabilidad en el mundo actual (2).


H. Marcuse

Algunas de esas ideas y tesis que Marcuse expone en esta charla representan claramente las raíces de los movimientos sociales y políticos actuales erigidos contra un sistema devastador por las desigualdades e injusticias que genera, por la acumulación de capital y poder que concentra en sectores muy reducidos y por la destrucción que lleva a cabo de nuestro entorno, de nuestro ecosistema vital, y en un sentido más puramente filosófico y psicológico, de nuestro mundo interior. 

Por ello, creo necesario atender a la labor que la Escuela de Frankfurt, y en este caso concreto Marcuse, desarrollaron al desvelar las claves de los mecanismos empleados por el orden imperante para perpetuarse en el dominio y el control ejercido sobre una ciudadanía que creían poder adoctrinar bajo el signo del llamado estado del bienestar, el ocio dirigido, las nuevas tecnologías al servicio del sistema para disuadir las conciencias y la crítica, y la triunfante sociedad de consumo, uno de los mayores logros del capitalismo. El propio Marcuse sintetizaba los principios y aspiraciones del sistema capitalista resumiéndolos bajo el lema "Vivir para trabajar. Trabajar para consumir", lo que consigue de manera eficaz a través de una serie de mecanismos de control que tanto Marcuse como el resto de miembros de la Escuela de Frankfurt ponen de manifiesto, en un intento por devolver a la ciudadanía la consciencia que el sistema le ha arrebatado, sustituyéndola por toda una suerte de actitudes impasibles, imperturbables, casi como si de una ataraxia social se tratase, ante un mundo que se desmorona, para unos más que para otros, fruto de la desigualdad connatural al modelo imperante.




Es en su obra El hombre unidimensional (3) donde Marcuse analiza en profundidad este nuevo tipo de ser humano al que ha dado lugar el sistema capitalista, el individuo medio occidental al que, por lo general, se le cubren sus necesidades más primarias al mismo tiempo que se le crean otras absolutamente ficticias, dando lugar a una insatisfacción constante y a un impulso de expansión inagotable, coincidiendo con los propios conceptos capitalistas de acumulación, concentración, avaricia, ambición y crecimiento permanente. Son las actitudes más destacadas de lo que comúnmente se denomina el sueño americano (4), donde cualquier persona puede llegar a lo más alto del poder económico, social o político con su trabajo y esfuerzo. Pero la realidad es algo más oscura en este punto, puesto que para ello no solo podemos servirnos del trabajo y el esfuerzo, sino que hemos de incorporar al proceso nociones tan familiares para la élite dominante como explotación, alienación, corrupción, especulación en su sentido más despreciable, extorsión y sobre todo estar imbuido completamente por la necesidad de poder y dominación para conseguir dicho enriquecimiento en todos los ámbitos por medios que van más allá del trabajo y el esfuerzo. Cierto es que este macronivel solo se reserva a los más versados en estas actitudes alineadas con los principios más feroces del capitalismo. Al resto de occidentales se les dedica los cada vez menos esfuerzos por parte del sistema, dado el proceso permanente de adoctrinamiento, de insuflar esas falsas necesidades de las que hablábamos, insertándolas en un bucle de consumo insaciable. "Vivir para trabajar. Trabajar para consumir": la definición más acertada del ser humano occidental, de ese hombre unidimensional.





En la mencionada entrevista con el profesor Magee, Marcuse adelanta muchas de las situaciones de carácter político y social con las que habríamos de lidiar en los próximos años, atendiendo a la propia evolución del sistema capitalista y a su afán desmedido de crecimiento, poder y dominio. La globalización, a pesar de ser un concepto inherente a la idiosincrasia de este sistema desde sus orígenes, se materializa de manera efectiva en las últimas décadas, a través de tres vertientes diferenciadas y al mismo tiempo alineadas, de tal forma que acaben confundiéndose entre ellas, amalgamando principios y propósitos comunes, como ocurre en la actualidad: política, economía y cultura, en el sentido más occidental del término, cuyos respectivos representantes directos son el neoliberalismo, el capitalismo y el pensamiento único.


La hábil confluencia de estos tres paradigmas conforma la realidad de nuestra historia reciente. Se trata, en primer lugar, de un sistema económico, el capitalista, creado para generar las mayores cotas de concentración de riqueza jamás concebidas, al mismo tiempo y ritmo que produce las tasas más altas de pobreza, miseria y desigualdad. He aquí una de las grandes contradicciones inherentes a un sistema que aboga por un crecimiento infinito sustentándolo sobre recursos finitos. Y es también una de las razones por las que Marx vaticinó el futuro colapso de este sistema en un plazo medio, dada la insostenibilidad del mismo.


Precisamente Marcuse es interpelado por un ingenuo profesor Magee, quien se opone al hecho incuestionable en la actualidad del poder ejercido por la macroeconomía sobre la política y la supeditación de los gobiernos democráticos a los mercados financieros que dirigen el mundo, a explicitar aquellas cuestiones sobre las que se equivocó Marx en su análisis y futura progresión del capitalismo. La historia y los propios miembros de la Escuela de Frankfurt convienen en señalar dichos fallos de predicción y de ejecución, en cuanto a los regímenes comunistas surgidos en el S.XX se refiere. Pero hay otras muchas cuestiones sobre las que el análisis de Marx resulta tan exhaustivo y acertado que Marcuse sigue defendiéndolo con las matizaciones, revisiones y adaptaciones pertinentes, según argumenta a su interlocutor.



K. Marx

Pues independientemente de la afinidad ideológica o no que pueda establecerse con el marxismo, o más correctamente, con Marx (5), para Marcuse es innegable la importancia de su trabajo al llevar a cabo uno de los análisis más profundos y clarividentes del sistema capitalista realizados hasta el momento, de su funcionamiento interno, de los mecanismos que lo hacen posible y de sus pretensiones últimas.


Más allá de su filosofía de la historia, y de la dialéctica que el joven Marx hereda de Hegel, y de su concepto del trabajo y del ser humano, incluso más allá de sus predicciones y vaticinios (muchos erróneos y otros acertados), Marx analiza los entresijos del sistema para intentar demostrar que el modelo económico adoptado por una determinada sociedad o comunidad, determina y condiciona el resto de factores insertos en dicha sociedad. Es solo una teoría, despreciada por muchos y venerada por tantos otros, pero la humilde observación del curso de la historia en su totalidad, en sus diferentes etapas, en sus distintos acontecimientos y contextos, puede llevarnos a plantear la posibilidad del acierto de Marx al introducir los interesantes conceptos de infraestructura y superestructura, con los que técnicamente podemos referirnos a esta idea.


Según Marx, toda estructura social está determinada por el modelo económico adoptado previamente por dicha sociedad o comunidad. Este es el concepto más originario de infraestructura en la teoría marxista. Un modo concreto de economía, de sustento, dará lugar a una forma determinada de sociedad, acorde con sus mecanismos económicos, y no al revés. Por tanto, si cambiamos el sistema económico imperante, el capitalismo, por otro modelo económico basado en parámetros diferentes, de ello resultará un tipo distinto de sociedad. He aquí, a grandes rasgos, pues no estamos atendiendo a la lucha de clases de la que habla el marxismo, la visión histórica y social del ser humano que mantiene Marx, y una de las tesis que Marcuse sigue defendiendo.


Como decíamos, se trata solo de una teoría más de las muchas con las que contamos a este respecto. Pero es innegable que el sistema capitalista, que comienza siendo, como apunta Marx, un modelo económico concreto, no se detiene exclusivamente en este ámbito, sino que se encuentra revestido de una serie de valores, de actitudes, de principios y de mecanismos propios de funcionamiento que hacen identificar a una sociedad o cultura como capitalista y no solo por su sistema económico. Es en este punto donde entra en juego el concepto de superestructura. Según Marx, todo orden económico necesita de un soporte que lo justifique y que mantenga vigente el poder adquirido, es decir, toda infraestructura necesita de una superestructura.


Marx observa que este hecho se repite en nuestra historia al menos desde la Antigüedad. Se instaura un determinado sistema económico (6) que, al mismo tiempo, genera un tipo de sociedad concreta y para que este status quo se mantenga, se requiere de una serie de mecanismos y estrategias, especialmente ideológicas, que cumplan con esa labor de perpetuación a través del adoctrinamiento, del miedo, del entretenimiento o de las libertades ilusorias. En su época, Marx cita como principales formas de superestructura a la Filosofía, el Derecho, el arte o la religión. No en vano, para ejemplificar esta idea, Marx populariza la famosa expresión, empleada ya por muchos antes que él, que afirma que "la religión es el opio del pueblo".





La Escuela de Frankfurt y el propio Marcuse como miembro de ella, llevan a cabo un profundo análisis de estas superestructuras y el papel que juegan en la actualidad como anuladoras de consciencia, en ese intento por mantener el orden hegemónico y disuadir cualquier atisbo de rebelión o disidencia ante el mismo, contribuyendo así a generar toda una suerte de conformismo, resignación y pasividad ante la realidad que contemplamos. Ellos se centraron en los elementos más destacados de su tiempo a  este respecto, tales como la radio, la publicidad o la televisión, con los que no tuvo que toparse Marx. Pero también inciden en aquellos que su predecesor mencionaba con especial interés, por su capacidad para sustentar al modelo dominante, como la Filosofía, una determinada filosofía y corriente de pensamiento auspiciada desde el sistema establecido; el Derecho o un sistema de justicia favorable a aquellos que ostentan el poder; la religión, que mantiene su papel redentor y de consuelo ante las injusticias del mundo sin plantearse eliminarlas, puesto que los grandes poderes religiosos forman parte del mismo entramado capitalista que las élites se esfuerzan por mantener; o el arte, que se convierte en una mercancía más, sujeto a los mismos patrones que rigen el mundo moderno (7).


En la actualidad esas superestructuras se hacen más necesarias que nunca para seguir sosteniendo al modelo capitalista a pesar de la creciente desafección de la ciudadanía en los últimos tiempos. Por ello, el fútbol, la tecnología, la macroindustria del entretenimiento, entre otras y, por encima de todo, la sociedad de consumo de la que estamos imbuidos, cumplen con este objetivo, convirtiéndose en el nuevo opio del pueblo para garantizar la permanencia del sistema a pesar de las penurias que genera.


El capitalismo pues, con todo lo que supone y abarca, representa la primera materialización del concepto de globalización que citábamos anteriormente, en este caso, identificado con su versión económica. Y como tal modelo económico, siguiendo la tesis marxista que defiende Marcuse, necesita de sus correspondientes abales que aseguren su perpetuidad en el dominio y el poder que ejerce. Es por ello que la globalización capitalista se manifiesta igualmente a través de otras dos facetas, como decíamos: la política y la cultural o ideológica, que se han convertido en nuestros días en uno de los mejores modos de superestructura, dado su propio carácter globalizante o expansionista bajo la forma del neoliberalismo y del pensamiento único, lo que se traduce en la imposición del modelo occidental de vida y existencia, más que cuestionable, en todos sus ámbitos y sobre todos los rincones del planeta.





Marcuse hace un análisis de todos estos componentes que constituyen el mundo actual y en la citada entrevista con el profesor Magee detalla la perspectiva desde la que lo construye, atendiendo por una parte a las tesis marxistas, ya mencionadas, y por otra, a las freudianas, en una acertada síntesis de ambas para alcanzar la tan perseguida comprensión acerca del ser humano, del mundo que habita y de la sociedad que hemos construido. Fruto de esta convergencia entre ambas posiciones, que muchos califican de antagónicas, como el propio entrevistador, y otros de tremendamente apropiada, surge la corriente que se ha dado en llamar freudomarxismo, como el mismo Marcuse la denomina (8).


Los ya clásicos conceptos estudiados por Freud en el ámbito del psicoanálisis acerca de la pulsión, la represión, el instinto, el principio de placer, el principio de realidad, o el simbolismo de Eros y Tanatos, entre otros, se insertan en los mecanismos de la sociedad capitalista analizada por Marx y revisada por los trabajos de Marcuse. 


Las teorías de Freud intentan probar que el malestar interno que sufre el ser humano actual, así como las enfermedades de tipo psicológico y emocional que padece como nunca antes en su historia, viene dado por la inhibición y la represión constante de sus instintos y deseos más primigenios, en favor de una construcción social y cultural que exige nuestra sumisión ante la misma y una cada vez mayor desconexión con la naturaleza de la que formamos parte. Si incluimos esta idea que Freud desarrolla y prueba  a través de sus investigaciones y de las sesiones con sus pacientes, en el análisis que tanto Marx como posteriormente Marcuse hacen de la sociedad capitalista, tal simbiosis cobra sentido dentro de los parámetros de poder, dominio y control que rigen nuestro sistema, propiciando un bucle de retroalimentación entre ambas situaciones. El capitalismo crea a un determinado tipo de ser humano, el hombre unidimensional, cada vez más enfermo por aquello que le exige en su adaptación al orden impuesto. Y al mismo tiempo, el individuo que reprime aquello que es, que sucumbe ante los convencionalismos establecidos, que permanece en su inexpresado y constante malestar en la cultura, que se desvincula con asombrosa facilidad de su naturaleza, propicia un modelo de sociedad como la capitalista, que requiere para su perpetuación, de humanos dóciles, susceptibles de adoctrinamiento y enfermos por la angustia vital que ocasiona nuestro mundo, arrebatándoles la consciencia crítica que se enfrenta a él. 



S. Freud

El capitalismo redefine el freudiano principio de realidad como un principio de rendimiento del que se abastece la minoría dominante bajo el señuelo del estado del bienestar. Marcuse se basa especialmente, como decíamos, en el análisis de la sociedad norteamericana, a la que define como totalitarismo dulce y sutil, donde la libertad del individuo se reduce a su libertad como consumidor, a elegir entre una variedad de productos estandarizados, lo que lleva a la integración en el sistema de las propias fuerzas revolucionarias que pretendían derrocarlo.


Como decíamos anteriormente, la sociedad de consumo exacerbado en la que habitamos, se ha convertido en el mecanismo más arraigado y eficaz para controlar, dominar y perpetuar el sistema, protegiéndolo de toda conciencia crítica ante el mismo. Así, la superestructura de la que hablaba Marx cobra más sentido si cabe en nuestros días, extendiendo todo su poder e influencia a las personas, las instituciones y a la propia naturaleza. Desde el ámbito más propiamente filosófico, se trata de la razón instrumental (9) sobre la que tanto teorizaron los miembros de la escuela de Frankfurt, impregnada de ideología al servicio del orden establecido. 


Además del análisis de la sociedad actual que hace Marcuse desde la Teoría Crítica, una de sus notas más distintivas en la lucha por la transformación social es su insistencia en el concepto de revolución y su convicción de que esa es la única vía para que dicha transformación sea posible. El resto de sus compañeros frankfurtianos, en un ejercicio de revisión de las tesis marxistas, habían abandonado ya la idea de la revolución como punto de partida para una nueva sociedad justa, solidaria, igualitaria y libre (10). Marcuse la reivindica según los viejos términos marxistas, pero también revisa y matiza: el sujeto revolucionario solo puede estar representado por los excluidos de esta sociedad, por los pobres, por los colectivos oprimidos, por los pueblos colonizados, por los jóvenes, por los intelectuales radicales, por las mujeres que deben recuperar los derechos que les fueron arrebatados por el régimen patriarcal, y por todos aquellos castigados por un sistema que proclama e impone por el mundo su peculiar concepto de democracia. 


No en vano, Marcuse termina su célebre Hombre unidimensional con la cita de W. Benjamin que inspiró esta idea:


"Solo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza".


Esta tesis sobre la revolución desde los sectores más oprimidos de la sociedad se conoce como teoría del gran rechazo, por la que se pone de manifiesto que solo aquellos a los que ya no convencen ni consuelan los mecanismos adormecedores empleados por el sistema, son los que pueden sublevarse contra él, rechazando el modelo de vida y existencia derivado del orden establecido en todo los ámbitos de la realidad.  





Y precisamente en este punto, Marcuse destaca especialmente la labor de la mujer y del feminismo en todas sus versiones como factor imprescindible para la transformación de la sociedad. Feminismo, que en la década de los sesenta, tan beligerante desde el punto de vista de la crítica, la toma de consciencia y la consecución de la justicia social, comenzaba a asentarse definitivamente, hermanándose con otros colectivos como el ecologista, el antibelicista o el sindical, cuyas posiciones coinciden, entre otras cuestiones, en el rechazo al status quo imperante.


El capitalismo, tal como fue concebido desde sus inicios, conduce inexorablemente a la perpetuación del régimen patriarcal en el que vivimos insertos, pues ambos se rigen bajo los mismos parámetros de dominio, control e imposición, implícitos en su propia razón de ser. Los mecanismos empleados en dicha finalidad también coinciden en ambas posiciones e ideologías, nutridas del miedo a alternativas factibles transmitido a la ciudadanía; la ilusoria seguridad que reportan y que tanto empeño han puesto en defender; las falsas necesidades creadas y la gran sociedad de consumo y bienestar, que permite disipar cualquier síntoma de malestar, pues mientras consumimos o deseamos consumir todo lo que el sistema decide que necesitamos irremediablemente para ser feliz, quizá ya no recordemos la opresión a la que sigue sometida la mujer en la actualidad, ni el sexismo que seguimos padeciendo en todos los ámbitos, porque después de todo, podemos votar, estudiar o trabajar; y puede que tampoco seamos ya conscientes de la crisis brutal de los refugiados que atravesamos en nuestros días, ni del drama de la inmigración , ni de cómo los gobiernos, supeditados a los intereses económicos, ignoran la cuestión u ofrecen soluciones moralmente inaceptables mientras la gente que huye del horror sigue muriendo delante de nuestras costas; ni del más que inquietante ascenso del neofascismo en Occidente. Esta es la razón de ser de la sociedad de consumo y del resto de mecanismos de control. Más allá del poder económico y del enriquecimiento que reporta para las grandes compañías el consumo exacerbado, se encuentran los motivos ideológicos que subyacen en la esencia propia del modelo capitalista y del patriarcal.


Marcuse se hace eco de este análisis, considerando a un modelo de feminismo conectado con la lucha y la justicia social, como un movimiento popular imprescindible para la auténtica transformación de la sociedad. 


Algunas feministas reputadas como Silvia Federici, han profundizado en este vínculo existente entre ambas ideologías, concluyendo, como adelantábamos anteriormente, que el sistema capitalista es eminentemente patriarcal (11). Por ello, si abordamos la cuestión feminista desde su perspectiva más filosófica y antropológica, analizando el concepto histórico que define a grandes rasgos la situación de la mujer en los últimos milenios, esto es, el patriarcado y toda la dominación, la opresión, el dolor y las injusticias que ha traído consigo,  entonces la lucha contra este nos conduce irremediablemente a situarnos contra el modelo económico, político y social que se encarga de perpetuarlo.





La última parte de la citada entrevista a Marcuse se centra en la influencia que este ha ejercido y que sigue haciéndolo en nuestros días, sobre la filosofía, el pensamiento crítico y los movimientos sociales a los que ha dado lugar. Dentro del ámbito intelectual se le recuerda, además de por sus importantes tesis filosóficas, por alentar entre los estudiantes muchas de las protestas que desembocaron en el famoso mayo del 68. Aunque él mismo atribuye dichos acontecimientos al desencanto generado por el sistema constituido y su carga sobre los sectores más desfavorecidos de la sociedad, lo cierto es que su influencia fue determinante para la toma de conciencia de dicho malestar en la ciudadanía, para asentar el concepto de la lógica de la dominación, como detalla en su célebre Hombre unidimensional y para convertirse en referente de la izquierda en su constante lucha por la emancipación humana. 


La labor que Marcuse llevó a cabo y el legado que nos proporcionó llega hasta nuestros días, pues resulta imposible no percibir su sello en los primeros movimientos calificados de antiglobalización (12) en las protestas de Seattle en 1999 (13) y que después se extenderían al resto de Occidente; o en todas las plataformas civiles y ciudadanas que han proliferado en la actualidad, reclamando los derechos vitales que se le siguen negando o que les han sido arrebatados; o en todos aquellos colectivos feministas, ecologistas o animalistas, que exigen la libertad, el respeto y la dignidad que nos es propia y que seguimos demandando; o en la izquierda del siglo XXI, que a pesar de los viejos fragmentos que aún la componen, ahora es más consciente del mundo en el que vive, de su funcionamiento, de su lógica del dominio y del concepto tan superficial de democracia que instauraron, haciéndonos creer que era suficiente. 


Esta nueva era de la toma de conciencia y de la crítica se inicia con la llamada por Ricoeur Filosofía de la sospecha, cuyos integrantes, Marx, Nietzsche y Freud, cuestionaron el orden establecido en el ámbito de la filosofía, de la sociedad, de la moral, de la política o de la razón humana, entre otras cuestiones, e inauguraron una nueva etapa, no solo para la historia del pensamiento filosófico, sino para el propio ser humano, que aunque lentamente, comienza a despertar del sueño dogmático (14) en el que el sistema lo había sumido. 


Marx nos muestra al sistema capitalista al desnudo, con todas las consecuencias que este trae consigo; Nietzsche hace lo propio en el ámbito de la filosofía occidental y del tipo de moral impuesto por esta y por la tradición judeocristiana; y Freud desarticula los todopoderosos conceptos de sujeto y consciencia, imperantes desde la Modernidad filosófica e histórica, introduciendo la noción de inconsciente como referente último de toda acción y sentir humanos, desmontando las concepciones tradicionales al respecto.



De izquierda a derecha: Marx, Freud y Nietzsche

Esta labor crítica ha sido determinante para iniciar un nuevo rumbo en la historia del pensamiento y las ideas, puesto que desde la célebre Tesis XI sobre Feuerbach (15), que definía la actitud y pretensión de Marx a este respecto, la filosofía deja de ser exclusivamente una actividad académica e intelectual, reservada solo a unos cuantos privilegiados, para convertirse en auténtica praxis y signo de lucha, cambio y transformación por los conocimientos históricos y prácticos que nos proporciona y la toma de consciencia hacia la que estos nos dirigen. La filosofía crítica pues, se torna un arma peligrosa contra el orden establecido, erigiéndose como una de las herramientas fundamentales para aquellos que intentan revertirlo (16).

Marcuse, junto con el resto de miembros de la Escuela de Frankfurt, es heredero de esta concepción filosófica fundamental para las generaciones presentes y futuras y para su conocimiento y consciencia sobre el mundo que les rodea, desembocando, a partir de estos fundamentos filosóficos, en corrientes, ideas o movimientos no adscritos necesariamente a la filosofía, pero se nutren de sus análisis y posicionamientos críticos. Es el caso del activismo social y político que desarrollan escritores, intelecuales, periodistas o historiadores como Naomi Klein, Ignacio Ramonet, James Petras, Michael Albert, Heinz Dieterich o Noam Chomsky, entre muchos otros y otras, además de las cada vez más abundantes plataformas ciudadanas, asambleas vecinales, múltiples voces y movimientos civiles, desencantados e indignados por un sistema que nos destruye bajo una apariencia de bienestar, y que a pesar de ello, no desisten en su lucha por la consecución de un mundo verdaderamente justo. 


Este es uno de los más importantes legados de Marcuse en nuestros días, cuya voz subyace en cada protesta e inspira cada discurso pronunciado desde la más pura épica de la lucha de los pueblos y de la gente que los integran, en su anhelo por conseguir la vida libre y digna que queremos para todos.



Patricia Terino


Notas:


1. Los historiadores de la filosofía distinguen claramente dos generaciones dentro de la Escuela, correspondiéndose también con dos espíritus diferenciados en cuanto a las propuestas, los contenidos y el análisis y concepción de la realidad. Marcuse se ubica dentro de una primera etapa más combativa y consciente de los peligros que se ciernen sobre el ser humano en un mundo como el que hemos construido. El miembro más destacado de la segunda generación de este grupo es Habermas, cuyo discurso, claramente más aplacado que el de sus predecesores, aunque incómodo para el poder establecido por la etiqueta que representa, encaja más fácilmente en el orden hegemónico de las llamadas sociedades democráticas actuales. 

2. Después de la implantación de los regímenes totalitarios inspirados en el marxismo que se desarrollaron en el S. XX, los miembros de la Escuela de Frankfurt llevan a cabo una revisión de las ideas de Marx en algunos ámbitos concretos de estudio. Marcuse, a diferencia de otros miembros de la Escuela, no abandona nunca el concepto de revolución como requisito indispensable para la transformación social, pero sí modifica su referente ejecutor, que deja de ser el Partido Comunista, elemento corruptor de las tesis de Marx en las dictaduras surgidas bajo dicho signo, para pasar a ser la propia ciudadanía y su conciencia social, auténtica clave de la revolución, apuntando a una posición mucho mas cercana a la realidad actual y al análisis que de ella hace el activismo social y político en nuestros días.

3. H. Marcuse, El hombre unidimensional, Ariel, Barcelona, 2008.


4. Marcuse se centra la sociedad norteamericana porque es allí donde desarrolla su trabajo y su actividad desde que se vio obligado a exiliarse tras la subida de Hitler al poder.


5. Muchos historiadores y filósofos como el propio Marcuse, insisten en la necesidad de distinguir entre la figura de Marx y las tesis de las que sabemos con total seguridad que este defendió, y el llamado marxismo o doctrina marxista, de la que se considera que muchos de los principios de la filosofía adoptada por Marx fueron corrompidos y desvirtuados, dadas las desastrosas consecuencias que trajo consigo su intento de implantación a través de los totalitarismos comunistas sobre los que se materializaron ideas que ni siquiera el propio Marx planteó.


6. El término economía es bastante reciente en la totalidad de nuestra historia pero el significado que entraña nos acompañada desde nuestros orígenes. Con el concepto de economía o modelo económico Marx se refiere a un determinado modo de sustento, de proveerse de todo lo necesario para subsistir. Por lo que siguiendo con el razonamiento marxista, el modelo de sustento adoptado (caza, recolección, trueque, esclavismo, sistema feudal o trabajo asalariado) generará un determinado tipo de sociedad.


7. Algunos de los frankfurtianos más beligerantes en este asunto fueron Adorno y Benjamin, quienes reclaman, en el caso del primero, un arte del impacto, que rompa con la simple contemplación entretenida del espectador y devuelva su autonomía a la obra y la conciencia a quien la observa. Y en el caso de Bejamin, este aboga por la recuperación del aura que le ha sido arrebatada al arte al quedar sometido a las leyes de la oferta y la demanda que imperan en nuestro régimen económico. 


8. Esta tendencia se aprecia más claramente en obras de Marcuse  como El hombre unidimensional, Psicoanálisis y política o Eros y civilización.


9. El concepto de razón instrumental es uno de los más propios y recurrentes para los miembros de la Escuela de Frankfurt, quienes lo remontan a la conocida razón ilustrada, de la emerge al ser desenmascarada y descubrir todas sus implicaciones. 


10. Para las concepciones marxistas tradicionales el sujeto revolucionario se sitúa en el Parido Comunista, que integrando al proletariado, es el encargado de llevar a cabo la transformación de la sociedad. Los frankfurtianos rechazan esta idea, entre otras razones, por la gestión realizada por los diferentes partidos comunistas en los países en los que triunfó la revolución en nombre de los ideales marxistas.


11. A este respecto, goza de especial interés la obra de S. Federici Calibán y la bruja, donde analiza la historia y situación de la mujer durante la Edad Media, la Edad Moderna, con la caza de brujas que esta lleva  a cabo, y la irrupción del sistema capitalista, con las repercusiones que este trae consigo para la mujer y su lucha por la igualdad y la dignidad.


12. Algunos activistas o intelectuales, como Noam Chomsky, adscritos a este movimiento, matizan el término que el propio sistema ha designado para identificarlos, utilizando el prefijo anti de manera pretenciosa para exaltar una cualidad negativa. Los antiglobalización explican que se posicionan contra la globalización capitalista en todos los ámbitos que esta abarca tal y como se nos ha impuesto, y en su lugar, abogan por una globalización de la auténtica libertad, de la cultura y de los recursos.


13. Se trata de una serie de manifestaciones que tuvieron lugar entre el 29 de noviembre y el 3 de diciembre de 1999 en Seattle contra la cumbre que celebraba la Organización Mundial del Comercio en dicha ciudad durante estos días, congregando a activistas de diversos sectores.


14. Se trata de la célebre expresión que utiliza Kant para referirse a las consecuencias que trajo para su pensamiento la lectura de las obras de Hume, conduciéndole hacia las tesis que desarrollaría en su Crítica de la razón pura y al idealismo trascendental en el que estas se insertan.


15. "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". Tesis sobre Feuerbach, escrito por Marx en 1845 y publicado por Engels en 1888.


16. No en vano, asistimos en nuestros días a la considerable reducción de la materia de filosofía en el sistema educativo de nuestro país, propiciada especialmente por los gobiernos conservadores, que ven peligrar su dominio sobre la ciudadanía si esta se compone de individuos críticos, concienciados, bien formados y capaces de enfrentarse, con argumentos fundamentados y  bien conducidos, al sistema imperante.